Cuando hablamos de los beneficios de un masaje siempre nos referimos a los beneficios recibidos por el paciente. Hablamos de relajación, de alivio de dolores o de armonización de energías. Pocas veces nos preguntamos como vive el terapeuta esta misma experiencia.

 

Muchos terapeutas llegan a serlo a través de un camino de transformación personal. Un día nos despertamos y, aunque pensamos que tenemos todo lo que deseamos, algo no cuaja y ese día nos ponemos a buscar respuestas. Las respuestas las encontraremos o no pero lo que se abre delante de nosotros es un camino.

Hay muchos caminos pero al fin y al cabo “EL” camino es el que te hace feliz a ti. El que te permite expresarte, encontrarte y realizarte a través de una practica consciente día tras día.

 

La terapia manual tiene esto de particular que forma un puente entre lo físico y lo emocional, entre lo material y lo espiritual. Entramos en el mundo del masaje porque nos apetece moldear, esculpir, amasar, tocar o acariciar; porque hemos sentido los beneficios de la terapia en nuestra propia carne y queremos reproducir al infinito esta sensación de bienestar. Y cada vez que damos un masaje vivimos el bienestar del paciente, absorbemos una parte de esta energía que se mueve entre las luces tenues de las velas y los suaves acordes de la música.

 

Para llegar a este equilibrio perfecto el terapeuta se prepara. Esta preparación es la que permite vivir el masaje como una actividad de desarrollo físico y espiritual. Se puede comparar a las practicas como el Yoga, el Tai Chi o el Chi Kung dónde el movimiento consciente fluido y controlado de nuestro cuerpo nos permite generar una energía que alimenta nuestro ser. Se puede comparar a un deporte en el cual un uso inadecuado de nuestro cuerpo nos lleva a lesiones hasta que aprendamos a movernos en acorde con nuestra estructura y peso para desarrollar todo nuestro potencial.

 

Este aspecto es crucial, porque al volvernos terapeutas muchos de nosotros nos focalizamos en dar. Acabamos de descubrir lo bueno que nos hace sentir transmitir algo de positivo a otra persona y durante un tiempo sólo nos vemos como una herramienta, un granito de arena en el maravilloso mecanismo que llevará al mundo entero a un mejor estado de bienestar! Y eso ya en sí nos trae una inmensa satisfacción.

 

Si esta fase se prolonga demasiado ya empiezan a surgir los problemas. Nos podríamos olvidar de nosotros para el “bien” de los demás y, para deshacernos de una contractura tenaz, podríamos forzar nuestro cuerpo más allá de sus limites y lesionarnos. Esta lesión, sea física o emocional, tendría 2 causas principales: la carencia y el ego.

 

La carencia porque nos habríamos olvidado de nutrirnos adecuadamente, nos habríamos contentado de la satisfacción de ver a otra persona estar mejor (experiencia que, al pasar el entusiasmo de las primeras veces, se transformaría en nutriente para el ego) y no habríamos pensado en nosotros, en nuestras propias necesidades para crecer.

El ego porque habríamos tomado como nuestra la responsabilidad (y la satisfacción personal) de sanar sí o sí arriesgando nuestra salud y la del paciente, jugando a ser Dios.

 

Como evitamos este peligro? Siendo consciente de ello para empezar!

Es imprescindible para un terapeuta que práctica las terapias manuales ser consciente de las necesidades y los limites del propio cuerpo: saber moverse según la mecánica corporal, utilizar el peso del cuerpo y los principios de palanca, descansar, beber lo suficiente, etc.

Vivir el masaje como una práctica consiente, en la que damos lo mejor de nosotros sin cargarnos con la responsabilidad de la sanación, nos permitirá quedarnos con la salud y la felicidad que nos traerá y alejar las trampas del ego.

 

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